La maquinaria, la marca y el fondo de
comercio. Pero también el equipo humano y el posicionamiento en el mercado.
Estas, y otras muchas variables, son elementos que hay que tener en cuenta a la
hora de poner precio a una empresa. Un cálculo en el que hay que hilar muy fino
si no queremos perder dinero. Y unos métodos de valoración que debes dominar
tanto para vender un negocio como para comprar una empresa ya en
funcionamiento.
Tanto para los que quieren vender su
empresa como para los que pretenden comprar una, poner el precio justo es una
decisión compleja. Por lo general, el empresario que se desprende de su
negocio, al que suele comparar con un hijo, lo valora por un precio superior al
que realmente tiene.
Simplificándolo al
máximo, el precio de una empresa está determinado por su fondo de comercio, que
refleja si el negocio es viable o no. En este grupo caben maquinaria,
equipamiento, contratos, licencias, clientes, modelos de empresa, marcas y
patentes, entre otros. Pero también hay que tener en cuenta el sector en que se
esté operando: si tiene perspectivas de crecimiento, el precio será mayor.
En cualquier caso,
el valor real de la empresa se mide por la capacidad de generar dinero que
tiene; por eso, a la hora de valorar los elementos que la componen, hay que
hacerlo en función de lo que aportan a la empresa, no medirlos de manera
independiente.
Elementos físicos
Aquí entran los
bienes tangibles de la empresa: maquinaria, local, material, stock de
productos, materias primas, mobiliario... Es el apartado más fácil de medir; su
valor se estima sólo por el precio. Aquí es importante tener en cuenta la
depreciación de las herramientas, maquinarias o vehículos, que lo rebajan. Si
el local es de alquiler, valora su importe; si es un edificio propio, observa
los gastos de mantenimiento. No pienses sólo en las partidas más visibles; el
mantenimiento requiere otros gastos que no deben olvidarse, como los gastos de
material de oficina, suscripciones, teléfono, o correo.
Elementos humanos
¿Cómo ponerle precio
al capital humano de la compañía? En este punto, valora, además de los sueldos,
la contribuciones por incapacidad laboral, el desempleo o bajas por enfermedad.
No se trata sólo de calcularlo según los salarios y las cargas sociales, sino
de ir más allá. Pregúntate si va a haber prejubilaciones, si hace falta
contratar más personal, qué perfil se necesita y cuánto cuesta aumentar o
disminuir el equipo.
Elementos legales
Debemos cuidar mucho
los cálculos referidos a contratos, licencias, seguros o patentes. “Hay que
cerrar bien todos los asuntos fiscales y mercantiles antes de la venta para
evitar que surjan problemas después”, aconseja Valverde. Para solucionarlos, es
recomendable acudir a un experto que se encargue de cerrar esos flecos que
escapan al pequeño empresario y que pueden provocar más de un disgusto. Es cierto que con
un asesor profesional se negocia mejor no sólo el precio, sino las condiciones
de pago, permanencia del dueño o las cláusulas de no competencia.
Elementos
tecnológicos
Ser una empresa del
siglo XXI requiere, inevitablemente, estar al día en todos los avances
tecnológicos que afecten al sector. Equipos y programas informáticos,
telefonía, conexiones a Internet, una página web propia, innovaciones (tanto en
productos como en los procesos), caja registradora, terminales del punto de
venta y sistema de alarma o de seguridad son algunos de los elementos que
tendrás que estudiar con detenimiento. Pero ten en cuenta que la tecnología no
dura para siempre. Un ordenador, por ejemplo, ha de actualizarse cada tres años
de media, sobre todo si quieres sacarle el máximo rendimiento y modernizar tu
negocio.
Aspectos
empresariales
Recuerda que lo que
se compra o se vende es un proyecto, años de experiencia, en definitiva, tu
vida de empresario. Y eso son palabras mayores. Hablamos de aspectos como la
cartera de clientes, proveedores, competitividad de la empresa, riesgos en los
que puede caer, estrategias de márketing, planes de crecimiento, situación del
sector, servicios externalizados o que requieren serlo… Aquí es donde el puzzle
se complica.
Valorar la cartera
de clientes y los proveedores es también terreno peligroso. En el fondo se
están traspasando relaciones humanas, de fidelidad y todo el trabajo que ello
requiere; pero no queda otra salida que traducirlo a números. ¿La clave? Poner
en claro el flujo de ganancias y costes que suponen tanto clientes como
compradores, para lo que hay que tener en cuenta los descuentos que se aplican
por ambas partes y la diversificación con la que se trabaja. Lo mejor, una vez
más, es no depender de clientes estrellas, que pueden acabar por aguarte los
planes.
Elementos
económico-financieros
Para muchos
expertos, el punto que realmente cuenta a la hora de ponerle precio a una
empresa es su capacidad para generar dinero. Según algunos expertos “el ebitda
es lo único que dice realmente cuánto ganas cada año”, “todo empresario debe
evaluar el estado de salud de su empresa, equilibrio patrimonial,
apalancamiento, necesidades de financiación e inversión, el cash flow que
genera el negocio y, por tanto, la rentabilidad de la actividad que
desarrolla”.
La cuenta de
resultados es la que inclinará la balanza hacia una valoración u otra, pero no
se pueden tomar los resultados sólo de un año, y mucho menos en esta época. Se
trata de mirar los resultados y márgenes obtenidos en los últimos años para ver
mejor la evolución de la empresa; de hecho, mientras más datos se manejen, más
fiables serán las valoraciones finales.
Y como a la hora de
la verdad todo deriva a las entidades bancarias, también has de tener en cuenta
tu relación con ellas al analizar los elementos económicos, entre los que
deberían entrar en juego las cuentas corrientes y créditos, y la necesidad (o
no) de inversión. En definitiva, la compañía ha de tener una estructura
financiera estable, que se pueda mantener a lo largo del tiempo y con capacidad
para afrontar posibles riesgos.
A cuenta de los
intangibles
¿Qué parte de tu
cuenta de resultados se puede imputar directamente al conocimiento de la marca?
Es una percepción del consumidor por lo que resulta muy difícil traducir ese
aspecto al libro contable. Es un valor intangible, aunque no cabe duda de que
el valor de una marca encubre tras de sí el secreto de la compañía: una fórmula
exclusiva, una cadena de distribución que llega a todos los rincones o una
buena campaña. La marca y la imagen de la compañía son de esos elementos que
pocos saben valorar, pero todos sabemos que existen.

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